martes, 27 de agosto de 2013

Capítulo 8: Vuelve. Quédate.

Siempre me había gustado viajar en avión. Y el avión de papá siempre me había encantado, porque parecía una casa para nuestros viajes largos. Tenía de todo, incluso camas y router. Siempre me había sentido segura allí. Pero no esta vez. Esta vez estaba acurrucada en uno de los sillones intentando dormir. Jamás había tenido tanto frío. Volvía a casa, y no sería mucho tiempo, eso era cierto, pero las caras de todos, las lágrimas de Liam y todo lo que había pasado aquella noche bailaba en mi mente.
-¿Cómo que te vas?
-Grace, estarás de broma.
-No, Grace, quédate.
-No te vayas peque.
Ni siquiera recordaba quién había dicho qué. Tampoco lo estimaba importante. Llevaba horas metida en ese avión y lo único que quería era salir, respirar el aire de Nashville y abrazar a mis padres. Me sumergí en la lectura de nuevo y leí hasta que aterrizamos. La maleta me pesaba bastante poco, aunque llevaba un montón de ropa. Salí por la puerta del control y me encontré a mi familia esperándome. Corrí a sus brazos y todos me devolvieron el abrazo. Ví un par de flashes fugazmente y caí en la cuenta de que había paparazzi en el aeropuerto, pero poco me importó. Estaba en casa. En Nashville. Mamá me dio un beso en la mejilla y me alborotó el pelo. Maggie y Audrey me quitaron la maleta de las manos y empezaron a andar hacia el coche. Mamá las siguió y me quedé sola con papá. Era consciente que había un cúmulo de gente a nuestro alrededor esperando a nuestro siguiente movimiento. Papá se puso de perfil y abrió su brazo derecho. Yo corrí a refugiarme en él y me pasó el brazo por los hombros. Sentí su beso en mi coronilla y nos metimos en el coche.
Cuando llegamos inhalé fuertemente. La casa olía a country. Había botas de cowboy en la puerta y la chimenea había sido apagada recientemente. Subí la escalera y abrí la puerta de mi habitación. Era irónico como un año antes había odiado ese cuarto pintado de rosa y lleno de portarretratos y peluches. Me acerqué a los pies de la cama. Era una cama de princesa. Algo que toda niña desearía. Mi antiguo sombrero rosa de cowboy estaba colgado del cabezal.  Lo cogí y me lo puse con delicadeza. Me giré y me miré al espejo. Una adorable niña de seis años, trenzas y sin las dos paletas superiores me devolvió la mirada. Sonrió y se alisó la falda. Estiré mi mano y toqué la fría superficie del espejo. La niña hizo lo mismo y sonreímos juntas. Ansiaba volver a aquellos maravillosos días. Oí voces en el piso de abajo y toda la magia desapareció. Ahora era yo misma quién me devolvía la mirada. Bajé y me encontré a mis padres discutiendo en voz baja en la cocina. ¿Es que no podían parar ni siquiera cuando acababa de llegar su hija, a la que no veían desde hacía meses?
Me dirigí a la habitación que compartían Maggie y Audrey y les hice señas para que me siguiesen a mi habitación. Hacía meses que no teníamos una noche de chicas en familia. Les conté todo lo que había pasado últimamente. Hicimos un pacto McGraw ara no revelarle jamás a mamá y papá mis momentos íntimos con Liam. Estuvimos hablando durante horas y esa noche se quedaron a dormir conmigo. No hubo problema, ya que mi cama de Nashville era lo suficientemente grande como para abarcarnos a nosotras tres a mamá y papá.
Al día siguiente me desperté y me di la vuelta buscando a Liam. era la fuerza de la costumbre pero el hecho de ver a Audrey durmiendo cual angelito a mi lado me hizo sonreír. Aun con doce años yo seguía viéndola como esa niña pequeña que corría a mí a suplicarme que viésemos La Sirenita frente a un tazón de chocolate caliente con nubes. Me levanté y noté la pantalla de mi móvil tintineaba. Lo cogí y desbloqueé la pantalla.
Nai: Grace cielo, ¿qué tal todo? ¿Has llegado bien?
Ed: El concierto de anoche fue genial, ¿y tu vuelo? ¿Llegaste sin problema?
Harry: Peque, te echamos de menos. Vuelve pronto.
Taylor: ¿Cómo está Nashville? ¿Y tu familia? Vuelve pronto mi pequeña.
Liam: Grace, te echo de menos. Anoche dormí en tu habitación, porque te echo demasiado de menos. Te necesito. Vuelve. Por favor. Te quiero.
Las lágrimas pujaban por salir de mis ojos pero noté que Maggie se movía así que me las limpié y me recosté fingiendo que me acababa de despertar. Iba a pasar un tiempo con mi familia y eso no me lo quitaría nadie. Desperté a mis hermanas y bajamos a desayunar. Papá estaba haciendo sus famosas tortitas McGraw y nosotras nos sentamos en línea frente a él viendo como hacía girar las tortitas en el aire. Mamá apareció en ese momento, vestida para ir a trabajar y enviando un mensaje. Nos dio un beso a cada una y le hizo un movimiento a papá a modo de saludo. Después, se fue. Me partía el alma ver a mi familia destrozada, y quería un montón a mi madre, pero aquel momento no le pertenecía. Era nuestro, era de Tim McGraw y sus niñas. Él era el mejor padre del mundo y ella la mejor madre. Pero no estaban hechos para estar juntos. Una pena que se hubiesen dado cuenta diecisiete años y tres hijas después.
Maggie subió a mi habitación y me metió prisa para ir al centro. Sonreí y cogí el móvil, para salir. Nos montamos en el coche de papá y él nos llevó al centro comercial. Allí estuvimos de compras durante todo el día. Esa noche cenaríamos con papá en algún italiano de esos que le gustaban a él. Compramos varias cosas y nos fuimos a casa a arreglarnos. Me metí en la ducha y me lavé el pelo lenta y conscientemente. Quería darle una buena impresión a mis hermanas y mi padre. Volví a mi habitación donde mi vestido azul cielo me esperaba estirado en la cama. Me lo pusé y me calcé mis botas de cowboy. Sabía que a papá le encantaba vernos vestidas como chicas country. En mi ordenador, el icono de Skype empezó a parpadear indicándome que tenía una llamada. Acepté el vídeo y la cara de Liam llenó la pantalla. Llevaba su camiseta de Batman y un sombrero vaquero del chino. No pude evitar reírme y el rió conmigo. Estaba realmente guapo, y verle ahí así vestido me dolía. Le echaba de menos.
-Bueno, bueno, es cierto, tengo una pinta ridícula.
-¿Qué dices? Estás muy guapo, deberías ir así a todos sitios.
-Claro, y doy los conciertos como tu padre. Tienes un tipo de chico muy raro.
-Oh, cállate, sabes que no tengo un tipo de chico.
-¿Ah no? ¿Entonces yo que soy?
-Tú eres idiota.
-Un idiota que te tiene loquita por sus huesos.
-Liam, por Dios, deja de decir sandeces. Eres tú el que está loquito por mí.
-¿Segura? ¿Estás segura?
-¿Recordamos quién besó a quién primero?
-Oh, cállate. Te echo de menos.
-Y yo a ti. ¿Qué tal está la casa? ¿Qué os habéis cargado?
-¿Por qué me cambias de tema?
-Porque no quiero llorar. Y menos delante de ti.
-Bien hecho. No me gusta verte llorar. Porque después lloro yo y mi imagen de chico malo se desvanece.
-¿Tu imagen de chico malo? Claro que sí cowboy con camisa de Batman.
-Maldita.
-Pero me quieres.
-Que bien lo sabes.
-Liam, tengo que irme. Voy a cenar con mi padre y mis hermanas esta noche. Te quiero.
-Yo también te quiero.
Apagué el ordenador y respiré hondo para combatir las lágrimas. Cogí mi bolso y bajé las escaleras al salón. Me senté con mamá a esperar a los demás y ella me dio un beso en la mejilla. Vi la tele con ella hasta que papá vino con Maggie y Audrey. Le hizo señas a mamá y ella se levantó y se puso a su lado. Papá se dirigió a la repisa de la chimenea y cogió una caja alargada. Audrey se la arrebató de las manos y me la puso en las mías. Colocó mi mano derecha sobre el cierre y me hizo señas para que la abriera. Me hice la remolona y Maggie puso los ojos en blanco. Solté una carcajada y la abrí. Mi risa se cortó en seco cuando vi lo que había dentro. Era el colgante más bonito que había visto en mi vida. Una fina cadena de plata sujetaba una pequeña G también de plata con un pequeño diamante en ella. Levanté la vista mirando a mi familia como preguntándoles a qué venía eso.
-Sabemos que estarás poco tiempo en casa, y la otra vez que te fuiste no pudimos darte nada. Así que te lo damos ahora. Para demostrarte que pase lo que pase tu familia estará siempre ahí.-dijo papá. Cogí el colgante y se lo alargué. Me di la vuelta e hice ademán de recogerme el pelo, pero Maggie se adelantó. Audrey desabrochó el colgante y le dio un extremo a mamá y otro a papá. Ellos abrocharon el colgante alrededor de mi cuello y una vez lo soltaron rodeé la pequeña G con mis dedos mientras me daba la vuelta. Agarré a mis hermanas por el cuello y les di un abrazo a todos.
En el restaurante nos encontramos con mis antiguos amigos de Nashville. Ella, Max, Simon, Jake, Evan, Rose, Alice. Cómo les había echado de menos. Los abracé a todos y les conté brevemente como me iban las cosas en “la tierra de Harry Potter” y ellos me contaron como habían ido las cosas desde que me fui. Me contaron que antes de que Dan decidiese seguirme a Londres había estado con muchísimas chicas. Pero ahora decía que quería arreglar las cosas conmigo. Sin embargo, yo ya tenía a otra persona en mente. Me invitaron a una fiesta que harían al día siguiente por la noche. Iba a ser en un campo abandonado para no molestar a nadie. Decidí aceptar, ya que hacía semanas que no me iba de fiesta.
Así que la noche siguiente me puse unos sencillos shorts vaqueros, una blusa blanca y las mismas botas de la noche anterior. Me puse el colgante que me habían regalado mis padres y bajé al patio donde los chicos me esperaban en la camioneta. Subí y me senté al lado de Evan. Él me sonrió y me dio un beso en la mejilla. Le abracé y me acomodé para los veinte minutos de viaje que tenía de casa al campo donde era la fiesta.
Cuando llegamos tuve que controlarme para no mirar con desdén a donde habíamos llegado. La “fiesta” consistía en varios coches puestos en círculo, con música a todo volumen y botellas de refresco y vodka por todo el suelo. Miré hacia atrás y arqueé una ceja. Ella me hizo un movimiento de cabeza como para preguntarme qué me pasaba. Negué con la cabeza y Rose se enganchó a mi brazo. Nos acercamos a una de las neveras y cogimos unas CocaColas. Yo me aseguré de que la lata estaba bien cerrada y bebí. Por suerte, sabía a CocaCola. Nadie le había metido nada. Espero. Me di una vuelta por el campo y fui a la parte de detrás donde Jake estaba pinchando. Me vio entre el público y le saludé. Cambió la canción a Truly, Madly, Deeply  y yo no pude evitar sonreír. Empecé a cantarla mirando a la luna. Echaba de menos a los chicos.
Abril.
-Jo Zayn, es que os voy a echar mucho de menos. Tres semanas es mucho.
-Se te van a pasar rapidísimo. Además sabes que nos puedes ver todas las noches en ese enlace. Y Taylor y Ed se quedan contigo y las chicas.
-No es eso, es que os echaré de menos.
-Pues hagamos una cosa. Cada vez que cantemos Truly, Madly, Deeply miraremos a la luna. Y tú harás lo mismo. Así estaremos mirando donde mismo aunque estemos lejos. Trato hecho.- me tendió la mano. yo la choqué y le abracé con lágrimas en los ojos y una sonrisa en la cara.
-Trato hecho.
Sentí una mano en mi espalda y di un respingo. Era Evan. Me sonrió y pasó la lata de cerveza de una mano a otra… donde también había un cigarrillo. Me dio un vuelco el estómago, pero disimulé. Si él quería destrozarse la vida, que lo hiciese. Me cogió de la mano y me hizo dar una vuelta sobre mí misma. Volvió a agarrarme por la cintura y me arrastró a la “pista” de baile. La canción había cambiado. Ahora era una especie de remix de alguna canción de Pitbull. Hice una mueca de asco y seguidamente ahogué un grito al mirar a Evan a los ojos. Estaban inyectados en sangre. Intenté mirar a otro lado pero en aquello momento empezó a susurrarme algo. Tuve que alejarme un poco para evitar vomitar. Alcé la cabeza y respiré hondo. Pero aquello tampoco me sirvió. El aire olía a gasolina. Gasolina, tabaco y alcohol. Poco a poco me fui dando cuenta de que tenía que salir por patas. Pero no sabía cómo.
Evan se volvió a acercar a mí, esta vez sin nada en las manos. Esta vez respirando por la boca y poniendo mi mejor sonrisa acepté su baile. Empezamos a girar sin ningún tipo de sentido del ritmo y empecé a marearme poco a poco. Entonces noté que su mano bajaba. Y seguía bajando. ¿Acaso me estaba metiendo mano? Le miré incómoda y él sonrió. Definitivamente me estaba metiendo mano. Se la aparté de un manotazo. Y me alejé. Empecé a buscar a las chicas por toda la fiesta, y él me siguió. “Vete, vete, vete. No quiero hablar contigo. Lárgate.” Ese deseo se atornillaba en mi cabeza a la velocidad de la luz. Y entonces, todo quedó en silencio. Hasta el primer alarido. Un grito que me heló la sangre y me hizo quedarme quieta y dirigir mi mirada a la derecha. Empezó a salir un humo negro y las llamaradas poco a poco iban extendiéndose.
Empecé a correr mientras la gente me golpeaba para adelantarme. El fuego se propagaba con rapidez. Yo sabía la causa perfectamente pero me concentré en correr. Mi camisa fue llenándose de hollín y empecé a toser, sin dejar de correr en ningún momento. El calor inundaba el campo y empecé a llorar mientras hacía acopio de mis últimas fuerzas. Tuve miedo. Miedo de morir. Millones de imágenes se agolpaban en mi mente dándome dolor de cabeza. Papá. Mamá. Maggie. Audrey. Liam. Harry. Niall. Louis. Zayn. Taylor. Julia. Nai. Noe. Tom. Ed. Brad. James. Connor. Tristan. Liam. Liam. Liam. Liam. Liam. Chillé y lloré. Mi pié giró bruscamente y caí de bruces. Liam. Me encogí y noté que el fuego se acercaba. Liam. Unos faros me deslumbraron. Liam. Un coche paró delante de mí y una voz familiar empezó a gritarme que me subiera. Intenté levantarme y me arrastré a la puerta. Intenté impulsarme y volví a caer. Pero él me agarró la mano y tiró de mí. Me ayudó a entrar, cerró mi puerta, la bloqueó, al igual que la suya  y aceleró. Solo entonces le vi la cara.

-¿Justin?

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